Maracaibo, Venezuela -

Opinión

Fariseísmo, por Roberto Hernández Montoya

domingo 28/01/2018
10:05 AM
  • Roberto Hernández Montoya | Presidente del Celarg

  • @karolina_chnf

  • Archivo

El fariseísmo es formidable. Finge apego emotivo a la ética en la super cie, para burlarla allá abajo. Lo declara así una farisea de la novela 1984 de George Orwell: «Cumple las reglas pequeñas para poder violar las grandes». O te acusa de sus pecados, por ejemplo.

Su lugar privilegiado es la religión, pero está en todas partes. Su platillo favorito son las doctrinas ético-salvadoras, esas que saben mejor que yo qué me conviene y se proponen por tanto rescatarme de mí mismo. Es esquizofrénico. El caso venezolano actual está admirablemente expuesto en el artículo de Carola Chávez «De miserias y poses compasivas».

Por eso hablan palante y patrás. Por eso no tienen palabra. Crean las condiciones de la muerte de decenas de personas pidiendo algo y una vez obtenido se enronquecen rechazándolo con histérica malcriadez —perdona la redundancia, sé que no hay malcriadez serena. ¿Cuántas veces te ensordecieron pidiendo adelantar las presidenciales? Y cuando la Constituyente complace la petición nos asestan un atropello conceptual como que votar es un acto dictatorial. No votarán. A menos que sí. Yo no entiendo.

Así es la hipocresía: no cree en lo que ovaciona. Y mientras menos cree, más aspavientos hace de que sí. Se desgreñan por una cosa y ya obtenida se desmelenan por su exacta contraria. Indignan. Peor: aburren. En eso nos han tenido en 19 años de cómica y descaro. No importaría si solo dieran risa, lo que se agradecería si no quemasen gente viva y luego se indignasen por la muerte violenta de gente violenta que tira granadas a un preescolar. Se jactan de bloquearnos comida y medicinas y exigen corredor y bombardeos humanitarios. Mentira que se indignan, en realidad es que eso fue lo que les mandaron a repetir cual cotorras. Con el perdón de las inocentes y simpáticas señoras cotorras.

¿Cómo reconocer el fariseísmo? Difícil porque precisamente su poder de engaño es formidable. Y desesperante porque hay que esperar a que su conducta delate la trampa, generalmente cuando ya el mal está hecho.

Mentir es un arte. Si no se domina lo más aconsejable es dejarlo a quienes tengan memoria para saber qué mentira dijeron a quién para evitar pasar por bolsa encima de farsante.

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