Entre guapetones y valientes, por León Sarcos

Estoy convencido de que hay diferencias sustanciales entre los pocos guapetones que hoy sobreviven del régimen y la abrumadora mayoría de valientes demócratas que los adversan. Los guapetones dicen, actúan, mienten y amenazan, por emoción, animadversión o resentimientos. Todos sin excepción, son elementales, tienen un formato para enjuiciar la realidad con la misma fórmula y para debatir que es casi un protocolo; derecha apátrida, imperialismo americano, defensa de la soberanía y guerra económica. Los valientes hablan, trabajan y actúan por la verdad, con diversidad de ideas y soluciones sensatas alternas, mediante políticas públicas creativas y eficientes.

Los guapetones desafían y atacan cuando están acompañados o en grupo, como los colectivos, los militares cuando quieren imponer la fuerza sobre el derecho y los delincuentes cuando someten y matan a sus víctimas por sorpresa, sin compasión y con alevosía. Los valientes, actuamos siempre como individuos, asistidos por la razón y el derecho, fieles como ciudadanos al cumplimiento de deberes y derechos, sin armas pero enamorados de principios y con muchísimo coraje.

Un guapetón generalmente es un anónimo que busca reconocimiento, siendo altanero, grosero, cínico, es el clásico patán, que generalmente se la vive jugando porque siente que no vale mucho y no tiene muchas oportunidades. Un valiente es alguien con entidad, que mantiene la sindéresis, asistido de nobles razones e ideas, profundamente respetuoso de la condición humana.

No sobreviven los guapetones al juicio de la historia, su paso por la vida pública en democracia es efímero y circunstancial en la mayoría de los casos. Por eso generalmente forman parte de la lista de grandes mafias de delincuentes, narcotraficantes o leyendas urbanas. Los valientes pertenecen al gran museo de la historia porque cambiaron el rumbo de la humanidad. Valiente fue Winston Churchill, Mahatma Gandhi, Nelson Mandela, Rómulo Betancourt. Un guapetón de hoy sería el Teniente Cabello, un valiente Leopoldo López.

No soy pendejo —como diría el gran polemista Jorge Olavarría—, para decir que están dadas las condiciones para una insurrección popular, no. El venezolano posee en política especificidades culturales muy propias y comportamientos que calificaría de impredecibles. De lo que sí estoy convencido, es que este es un Gobierno fanfarrón, que está en las últimas y como sujeto de asfixia tira manotazos, gritos y amenazas en todas las direcciones. Ahora es cuando es peligroso. Los momentos más desesperados de una dictadura son sus estertores. Por eso el anuncio de una Constituyente fraudulenta.

Yo digo que este es el momento de las mayorías, y las mayorías ni se asustan ni se deprimen ni los sobrecoge la congoja: se imponen. En política el ritmo y la dinámica de las conquistas no la determina el deseo de los que tienen la razón. Sino la inteligencia, la paciencia y la persistencia de quienes mejor hacen la lectura de la realidad.

Rómulo Betancourt, dijo del Gran Mariscal de Ayacucho Antonio José de Sucre, el más civilista de nuestros próceres: “Lo que en Sucre reclama fervor de recuerdo y propósito de imitación es el firme valor civil, ciudadano, que sonomiza su personalidad de grande hombre. Valor civil, el único valor, en concepto de Unamuno, porque aún el valor guerrero, cuando deja de cumplir esa condición, ya no es valor, sino barbarie”.

Vamos a necesitar muchos ciudadanos valientes y muchos valientes militares civilistas para los acontecimientos que se aproximan, por eso he dicho, que llegó la hora del coraje… La hora de la sociedad civil.