Maracaibo, Venezuela -

Opinión

El mito es lo que manda, por Ángel Rafael Lombardi

La Posverdad y el Mito se entrelazan y la explotación que los bolivarianos han hecho ha sido inmisericorde a través de una hegemonía comunicacional evidente. Ya no sabemos que es verdad y que es mentira

domingo 18/02/2018
5:18 PM
  • Ángel Rafael Lombardi

  • @versionfinal

  • Referencial

La mente es la más grande cárcel del hombre. No tenemos idea de la realidad tal como es y preferimos una percepción deformada de la misma. Y esto es producto de las creencias tanto religiosas como laicas. Quítale o cuestiona el mundo de creencias a una persona, y es capaz de matarte por defender lo que él considera que le produce cordura y sentido pleno a su existencia, aunque ésta sea un error o ande a la deriva. El pensamiento humano está lleno de leyendas, ilusiones, prejuicios, dogmas y deseos, en la mayoría de los casos, incumplidos. El mito es más fuerte que la realidad. Porque el mito es la fantasía imaginada ideal que contrasta con una realidad frustrante que nos negamos a reconocer porque ello implicaría hacernos responsables de nuestros propios errores y fracasos. Es preferible el disimulo cómodo que atender el problema mirándolo cara a cara. ¿Qué tanta verdad estamos dispuestos a soportar los hombres? En realidad, muy poca. 

 El imaginario personal está conectado con el público y el social elaborado de representaciones a través de colores, canciones, símbolos, himnos, comidas, costumbres y demás. El poder de lo simbólico termina ejerciendo una influencia mayor, y compensatoria, sobre una ciudadanía subordinada a un poder irresponsable que se vale de señuelos psicológicos, consientes e inconscientes, para alentar una quietud que no cuestione el statu quo, y básicamente, el desarreglo. O en el peor de los casos, una dominación explicita encubierta por los formalismos cívicos al uso: constituciones, constituyentes, revoluciones, elecciones, instituciones, embajadas, tratos diplomáticos, reglamentos y demás, tal como es el caso de la mayor parte de la Historia de Venezuela y latinoamericana, luego de conquistar su Independencia en 1830.

 El deseo de promesa auto/cumplida termina siendo la principal causa del auto-engaño de acuerdo a la psicología cognitiva. Nuestra Independencia, edad de oro, nos hizo una sociedad inmóvil condenada a vivir en el pasado renegando de un presente insatisfactorio y teniendo siempre la excusa del otro, ya sea el enemigo interno o el externo, como responsable de nuestros males. Exaltación del pasado y escape a un futuro imaginario de grandeza no correspondido con los hechos en el presente. Nuestra mentalidad es pre-moderna y tribal. Los códigos de la civilización están incompletos o fracturados.

 La Posverdad y el Mito se entrelazan y la explotación que los bolivarianos han hecho ha sido inmisericorde a través de una hegemonía comunicacional evidente. Ya no sabemos que es verdad y que es mentira. La realidad cotidiana en Venezuela es penosa y sufriente pero desde el poder nos dicen que todo está bien. “Posverdad​ o mentira emotiva es un neologismo​ que describe la distorsión deliberada de una realidad, con el fin de crear y modelar opinión pública e influir en las actitudes sociales, en la que los hechos objetivos tienen menos influencia que las apelaciones a las emociones y a las creencias personales”. Desde la “Venezuela Potencia” como slogan hasta un Ministerio de la Felicidad tenemos. ​

 Aunque casi todo esté mal hecho y el rendimiento de los bolivarianos en sus gestiones de gobierno son erráticas, la sola mención de la liturgia bolivariana y socialista les lava la cara, o así lo creen ellos, “legitimándose” ante un colectivo desahuciado. Hoy Venezuela, en pleno siglo XXI, está en ruinas y fuera de la historia.

El único sector que ha enfrentado ésta regresión histórica que nos hunde en la pre-modernidad política han sido los venezolanos más educados y con estudios universitarios cuya recompensa laboral ha quedado depreciada por completo. La “igualación” socialista bolivariana es desde abajo anulando el concepto de la meritocracia. El populismo clientelar se ha profundizado como relación entre un poder sin contrapesos y unos dirigidos arrodillados.

 El éxodo venezolano representa a más de tres millones de profesionales huyendo de su país porque consideran que el futuro está clausurado mientras se mantenga la actual situación. El desmantelamiento de la democracia y sus instituciones es completo. Y el modelo cubano, de control social absoluto, inspira a los que hoy se han apoderado del poder sin contar con el respaldo mayoritario de la población.

 Nuestra venganza es sobrevivir a los bolivarianos. Hoy, en Venezuela, sólo lo imprevisto nos puede salvar y la transición democrática es la coordenada que deberíamos conseguir contra todo pronóstico. Crisis, unas tras otras, dentro de una gran crisis cuya resolución nadie sabe cómo se va a producir. Lo que sí sabemos es que el proyecto a favor de una sociedad cerrada sigue avanzando y los espacios de la sociedad abierta cada vez se hacen más pequeños. Ya tenemos el próximo 22 de abril de éste terrible 2018 una nueva elección presidencial, cuestionada, que se parece más a una coronación. 

Nuestras esperanzas están puestas en recuperar la democracia y vivir en una sociedad donde todos los colores se puedan manifestar para hacer posible una convivencia en paz y progreso para la mayoría de los venezolanos.

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