Maracaibo, Venezuela -

Opinión

El juego de los caballos, por Ángel Rafael Lombardi

miércoles 22/11/2017
9:35 AM
  • Ángel R. Lombardi

  • @VersionFinal

  • Foto: Referencial

El título de éste artículo es tomado de un libro del reconocido filósofo español Fernando Savater publicado en el año 1995. Luego Savater, un aficionado total al hipismo, publicaría “A Caballo Entre Milenios” (2001) donde se dio el mejor regalo así mismo, un auténtico sueño de marajá: visitar los mejores hipódromos del mundo como lo son los que están en Kentucky, Epsom, Longchamp, San Sebastián, Hong Kong, Buenos Aires, Dubai y Tokio para presenciar en cada uno de ellos durante el año 2000 las carreras más emblemáticas, los clásicos más afamados como el Arco de Triunfo o el Derby. Más luego, el mismo Savater, publicaría en el año 2008 una novela fascinante, de intriga, ambientada en el mundo hípico, sobre los secretos para dar con los caballos ganadores: “La Hermandad de la Buena Suerte” (2008). La conclusión es desalentadora, pero permite mantener el misterio, y sobre todo el reto a la incertidumbre como atractivo esencial para el jugador de carreras de caballos: no hay ciencia hípica posible; no hay método racional que augure atrapar el futuro: la suerte no se doma, es sólo suerte. Es por ello que la “lógica del tramposo” (Mario Szichman) termina por imponerse.

El juego, más que un acto cultural necesario, desde un ocio gratificante, termina derivando en ludopatía auto-destructiva con las secuelas inevitables hacia los entornos más cercanos de la victima de éste mal. El ludópata entrega su voluntad y psicología a un deseo irrefrenable por jugar y apostar. Desde Savater llegamos hasta el gran Dostoievski (1821-1881) y su novela: “El Jugador” (1867) dónde el juego en la ruleta dicta las pautas de una familia rusa aristocrática venida a menos y que trata de reverdecer pasadas glorias desde la oportunidad mágica de conseguir un gran golpe de la buena suerte. Como casi siempre ocurre: “la casa pierde y se ríe”, es decir, quienes recogen las apuestas tienen el sartén tomado por el mango. Y los apostadores, perdemos muchas más veces, que cuando ganamos. Aunque ya enganchados, es muy difícil, la escapatoria.

¿Por qué jugamos? Hay muchas respuestas. Me atrevo aventurar una: para huir del hastío de una existencia sin norte; para sacudir una conciencia adormecida por rutinas retorcidas de la que queremos escapar. Hoy, más que nunca, en la Venezuela del año 2017, donde la crisis económica se ha profundizado a niveles insospechados, el juego y las apuestas, han crecido. Uslar Pietri (1906-2001), se refería décadas atrás, sobre Venezuela, como un gran garito.

La mayoría de los jugadores van en búsqueda de una salida fácil a unos problemas de la existencia que por las vías racionales somos incapaces de resolver. Ni trabajo sostenido y mucho menos ahorro: tentar la suerte y pasarla bien. Sólo es legítimo jugar y apostar cuando nos sobra el dinero para ello. El que juega por necesidad, pierde por obligación. Al vicio siempre lo endulzamos. Sí usted agrega al juego y a la apuesta compulsiva el alcohol ya puede darse por satisfecho como el rey de la mundanidad y un miembro del club de los perdedores sin causa. Un escritor maldito como lo fue el estadounidense Charles Bukowski (1920-1994), hípico también por si acaso, sostiene sobre el whisky lo siguiente: “Beber es algo emocional. Te sacude frente a la estandarización de la vida de todos los días, te lleva fuera de eso que es lo mismo siempre. Tira de tu cuerpo y de tu mente y los arroja contra la pared. Tengo la impresión de que beber es una forma de suicidio en cual se te permite regresar a la vida y comenzar de nuevo al día siguiente. Es como matarte a ti mismo y después renacer. Creo que hasta ahora he vivido diez o quince mil vidas”. En descargo de los compañeros de las tascas hípicas venezolanas, hoy, ya sólo se juega, porque beber sólo se puede hacer ocasionalmente cuando se logra acertar a un ganador. En la IV República el negocio hípico era tan prospero que le regalaban la comida y la cerveza a los jugadores, desde el más humilde hasta el más rico.

Como en toda “Revolución” la pacatería es una forma de hipocresía. Los casinos fueron mandados a cerrar en la Venezuela chavista aunque existan los clandestinos por millares. Para cuidar la pulcritud de los viciosos hípicos se han prohibido las transmisiones abiertas en televisión y radio de las carreras de caballos como antes sí se hacían. Mi generación, y otras, no se perdían los domingos después del almuerzo el juego del 5 y 6 con un sobrio Aly Khan y su Monitor Hípico cuando el canal 8 era de verdad de todos los venezolanos. Estas medidas restrictivas al espectáculo hípico que se compartía con toda la familia han sido sustituidas por la compulsiva asistencia a los centros hípicos con señal de televisión cerrada. Es un milagro que aún tengamos hipismo, eso sí, bajo el imperio y control de una mafia poderosa. Y todavía hay ingenuos que sostienen que nuestro hipismo es un deporte.

Dice Johan Huizinga (1872-1945) en un libro clásico: Homo ludens (1938) que el juego es una actividad de la cultura por excelencia, y que bien entendido, hasta ayuda al progreso social. En nuestro medio el juego de los caballos y otras especies, sin regulaciones serias que se precien, está condenado a contribuir a la miseria de sus ejecutantes más allá de todo el romanticismo y mitología que queramos ponerle. Y volvemos a Bukovski, ahora hípico, como reflejo de millones de venezolanos que están poniendo sus esperanzas de sobrevivencia en el juego, ya sea con la hoy muy popular lotería zoologica, y la misma pasión hípica. “Traté de ganarme la vida con las carreras de caballos por un tiempo. Es doloroso. Es vigorizante. Todo está al límite, el alquiler, todo. Pero uno tiende a ser cuidadoso. Una vez estaba sentado en una curva. Había doce caballos en la carrera y estaban todos amontonados. Parecía un gran ataque. Todo lo que veía era esos grandes culos de caballo subiendo y bajando. Parecían salvajes. Miré esos culos de caballos y pensé: ‘Esto es una locura total’. Pero hay otros días en los que ganás cuatrocientos o quinientos dólares, ganás ocho o nueve carreras al hilo, y te sentís Dios, como si lo supieras todo. Y todo queda en su lugar”.

 

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