Maracaibo, Venezuela -

Opinión

El banquero y Lolita, por Ender Arenas Barrios

sábado 23/01/2016
9:05 AM
  • Ender Arenas Barrios/Sociólogo

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Él es un hombre maduro, se ha hecho banquero, valga la contradicción, empujado por la política, porque en realidad él es una persona que siente a nidad por la docencia y la investigación en las ciencias duras.

Él mismo no sabe explicarlo pero desde hace tiempo ha desarrollado una increíble y pertinaz lascivia por jovencitas que no llegan a los veinte años, cosa terrible, pues todo eso debió vivirlo y gozarlo en silencio por cuya condición (la del silencio) siente tanta atracción como la que siente por las muchachonas, diríamos más bien que muchachitas.

Al devenido en banquero le gusta el mar, ha podido comprar una casita en la playa, desde allí ve el mar que se luce burlándose del sol.

Entones, como una visión extraordinaria, ve a aquel pimpollo de mujercita, que carajita, que belleza, una ninfula. El viento extraviado le mueve, le agita el cabello a ella y el siente que su bajo vientre le grita, le exige: ¡anda esa es tuya!

El hombre se le acerca, en verdad es una niña, pero el ve sus formas desarrolladas, sus ojos de lince le dicen: Buena que está la carajita. Y él, que es entrador desde sus días de investigador de las ciencias duras, se le encima. Primero, la invita a un helado, luego, se sienta con ella a la orilla de la playa y le pregunta su nombre y ella contesta cualquier cosa, pero él se ve como Jeremy Irons y a ella como Dominique Swain en la Lolita de Nabokov.

El banquero arrastrado por una pasión incontenible le va dando cada vez más espacio en su vida y por supuesto en el manejo de sus cosas. Es más, pasa más tiempo en su casa de veraneo que en la entidad que dirige. Le da la llaves de la casa y la autoriza para entrar y salir, para salir y entrar.

Entonces se produce lo inesperado: el banquero se ha llevado el trabajo para su casa, aunque lo tenía guardado la jovencita conoce todos los vericuetos de la casa de veraneo, pues allí duerme cuando el banquero se encuentra en el pueblo, que cada vez es con más frecuencia. El banquero, como siempre se sumerge en el silencio, su casi estado natural. Está preocupado y enojado con la niña de sus ojos. Sospecha de ella. Le han robado su trabajo: 300 mil $ y 40 mil euros, unos relojes de una marca famosísima y dos perniles de ocho kilos cada uno que tenía para la cena de noche vieja.

Todo se ha descubierto, sabe quiénes le han robado. Pero no todo esta claro. La gente se hace preguntas, como, por ejemplo, cómo es que se tiene tanto dinero en moneda extranjera en un país donde la mayoría sufre para hacerse de una miseria para poder tener seis días de vacaciones en el extranjero y hasta ahora son muy pocos empresarios que pueden obtener moneda extranjera a precio preferencial para poder tener sus empresas funcionando. Otra cosa que mortifica a la gente es por qué si se sabe quiénes lo han robado ha manejado la situación de tal manera que ha impedido que los mismos sean presentado ante la fiscalía, según han investigado los medios; y finalmente, aunque ya esto cae en el terreno de lo moral y además es un tema que en el país no se asume como una anomalía, pues hasta una de las mejores canciones del folklore lo justi ca (Caballo Viejo), y es que este hombre acusado ya por las mujeres jóvenes del país de “viejo verde” seduce a una menor de edad dándose de “príncipe azul” y no valiéndose de herramientas bastardas.

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