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Editorial// Reto histórico de la juventud presente, por Carlos Alaimo

sábado 13/02/2016
11:06 PM
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El empuje indetenible del Urogallo, José Tomás Boves, que avanzaba con miles de combatientes desde el oriente a principios de 1814 para cerrar las vías de suministro patriotas, encontraría en La Victoria el freno de la retaguardia independentista, conducida por José Félix Ribas.

Los tocayos -ambos jóvenes- abrirían las heridas fatales en los cuerpos de otros defendiendo, por un lado, la libertad de los humildes y pobres aliados a los amos realistas; y por el otro, la libertad de los pardos y burgueses criollos. Los dos guerreros pudieron haber partido a otras regiones menos con ictivas de la tierra, aplastarse en la frustración de la ruina para lamentarse contando historias de las desgracias vividas en sus terruños, pero los dos pre rieron promover su visión de la vida, su ideología, sus sueños, quedándose en Venezuela.

Hoy, después de 200 años de una hazaña realizada en la lucha calle a calle, donde ganó la mejor de las propuestas, ya envainadas las armas, las confrontaciones se desarrollan en el ámbito de las ideas, discutiendo alternativas, construyendo proyectos individuales y colectivos que nacen desde el imaginario de los jóvenes orientados por maestros y expertos dentro de los movimientos educativos o de las organizaciones sociales y políticas.

Hay ganas de hacer, pero pareciera que se auto anula el empuje por crear, que se difumina en la aceleración inicial perdiendo la potencia casi instantáneamente. Los muchachos quieren oportunidades, sin embargo, crean barricadas al intentar buscarlas, se desalientan en los ambientes en donde se desempeñan y anhelan mirarse en el espejo de otras sociedades, que creen más estables, buscando oportunidades en espacios donde piensan que sus aspiraciones serán mejor recompensadas.

Muchos jóvenes hacen gala de una conciencia dependiente de ideas, cuyo origen no nace de sus propias reflexiones, y desemboca en deseos, valorados más como consignas: el puesto laboral soñado, el cargo en la empresa reconocida, y la vida estructurada en días de trabajo y feriados para el disfrute, como premio a su dedicación. Sueñan con bienes materiales y con la felicidad de la mano del materialismo, lo cual es justo, nada malo, y parte del resultado de una vida de trabajo, pero eso sí, pareciera que lo desean plasmado mágicamente desde la acción de los otros.

El resultado de las batallas por la construcción republicana, entonces, se desvanece en el siglo XXI en una sumatoria de pasos en retroceso. En vez de afrontar los retos y luchas, las nuevas generaciones parecieran claudicar y emigrar, ya no hacia el oriente venezolano como estrategia de sobrevivencia para preparar el contraataque constructivo, sino para abandonarlo todo, claro, después de aprovechar las bondades de la educación gratuita, o de pagos irrisorios o becas estatales en los circuitos de profesionalización privados de los cuales no podrán gozar en el extranjero.

Irremediablemente, a veces el comportamiento juvenil se parece al de aquellos depredadores de la colonia, quienes extrajeron la jugosa riqueza americana, o se aprovecharon de todo lo que pudieron, y luego marcharon a formar parte de las huestes de los mismos que los empujaron a huir alguna vez en el recorrido de sus vidas sin nada en las manos, solo con el objeto de ser un instrumento más en sociedades desde las cuales no podrán erigir la ciudadanía que parieron sus ancestros en sus país.

Evadir es fácil, y para eso se recurre a la consigna de que en Venezuela no hay oportunidades para los jóvenes. Esta es una excusa débil, porque depende de cada uno encontrar la senda para desarrollar los planes de vida, y aunque parezca mentira para ello se requiere del mismo valor que tuvieron los héroes de La Victoria. Cada caminata comienza con un plan a seguir, con retos y posibles confrontaciones, y con alternativas cuando se enfrenta alguna derrota que no debiera ser interpretada como motivación para abandonar la nave viajera venezolana.

Venezuela es un territorio en donde no caben las mentes dependientes, sino aquellas capaces de ser libres para arriesgarlo todo en aras de obtener sus objetivos, actitud permanente e indetenible, así como lo pensaba Ribas.

Si los jóvenes no comprenden que está en sus corazones y conciencia la energía su ciente para demoler el tabú de la responsabilidad volcada en las decisiones de otros, no habrá posibilidad de proyectar los esfuerzos por enriquecer la República, y ésta terminará por empobrecerse aún más por la falta de valor para detener dentro de ellos al Boves que intenta dominarlos.

Carlos Alaimo

Presidente Editor

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