Maracaibo, Venezuela -

Editoriales

Editorial// Entre la esperanza y la desesperanza, por Carlos Alaimo

domingo 27/03/2016
6:42 AM
  • Carlos Alaimo

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Desde que la historia del venezolano se ha escrito se piensa que no han existido épocas peores que esta, parece imposible creer en momentos más difíciles que estos tiempos, únicos e insuperables para nuestro imaginario, pero podemos pecar por petulantes si no nos preguntamos ¿realmente es así? ¿Es que todos fuimos felices o solo gozamos de ese estado algunos?

Parados frente a la actual realidad, mirándola con profundo sentido crítico, vemos un acantilado a punto de derrumbarse, y como único recurso a la mano, la posesión de señales de esperanza para que esto cambie, mejore, se dulcifique, nos libere de esta angustia, pero ¿esperamos la explosión de una luz espontánea iluminando el camino, allí quietos, contemplando, o hacemos algo por encenderla nosotros mismos?

Los sondeos de opinión, todos, y los que nos dice nuestra propia experiencia humana con el contacto con los ciudadanos, es que más del 80% de la población quiere una evolución positiva y además están esperanzados en que esto sucederá. Desde Venebarómetro, liderada por Édgar Gutiérrez, quien afirma que el 85% de la ciudadanía quiere un cambio y el 55, 3%  firmaría un revocatorio; hasta los comentarios de Oscar Schemel sobre que el 58% de los venezolanos quiere la salida del presidente Nicolás Maduro para la solución de los problemas considerándolo el responsable de la crisis económica, refuerzan la realidad del poder electoral opositor, es decir, significa que el pueblo que votó por la esperanza de un mejor país es mayoría real.

Ante las realidades concretas negativas, hoy, los venezolanos navegamos entre la esperanza y la desesperanza al ver que el tiempo pasa y no hay evidencias de un mejor escenario de vida, y advertimos la existencia de una distancia entre ellas imposible de medir en kilómetros o en tiempo.

Somos tan solo humanos y hoy, la desesperanza parece amilanarnos más el alma, nos entristece el espíritu, nos toca o perfora la psiquis. La desesperanza, esa antivirtud pesada, ausente en ciertos momentos del libreto de nuestra vida, posible generadora de violencia en todas sus expresiones, puede llegar a medir empíricamente el grado de frustración al que estamos sometidos, sobre todo al no visualizar actores políticos confiables, capaces y con ética.

La esperanza, aquella que nos permite regresar al sueño de un país humano, que merecemos tener y en el que merecemos vivir, aquél en el que se recuperen los valores y las virtudes perdidas, debe ser el motor movilizador y el denominado común, pues los líderes de este proceso político deben interpretar el sentimiento de sus propias bases que saben que la maldición vivida es por el modelo social castrocomunista, que en la medida que este ha impregnado las políticas públicas del estado aumenta la distancia entre nuestra fe y el desaliento.

En un sentido  filosófico copolítico, pareciera que el Presidente Maduro está viviendo en una fantasiosa épica revolucionaria y no aterriza en los problemas concretos de la gente.

Es momento de cambio, así lo aspira el segmento mayoritario poblacional contrario al proyecto socialista, aunque, también los chavistas tienen fe de que las nuevas estrategias institucionales sean el reflejo e interpretación de sus anhelos, no tan diferentes a las del otro sector, y sean operadas por el propio gobierno en una demostración de capacidad interpretativa sobre el pulso de su propio colectivo electoral.

La vida nos coloca en frente, a veces sin saberlo, de aquello que puede cambiarnos o podemos transformar si sabemos descifrar el código del mensaje producido en ese instante de oportunidad; allí radica un secreto in nito de poder, que circula en cada célula de nuestro ser, en cada neurona o dendrita, así como en cada partícula encendida de nuestro espíritu o brisa de vida. En cualquier caso, todo está disponible para resolver las claves y abrir las compuertas de la asertividad en la resolución de nuestros problemas y conflictos.

Hoy es un buen día para reflexionar sobre nosotros, sobre nuestras paradojas o calamidades, pero especialmente acerca de la felicidad a la que aspiramos con justicia, en el marco del recordatorio de milenios transitados por la humanidad a partir del sacrificio de un hombre, hijo de Dios, en la búsqueda de la paz y el amor absolutos. Entonces, que ese ser Cristo, para los creyentes, hoy resucitado, ponga aún más los ojos y sus manos en Venezuela… y en relación con los escépticos, coadyuve en ellos para creer.

Carlos Alaimo
Presidente/Editor

 

 

 

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