Maracaibo, Venezuela -

Opinión

Del Monte Sacro a la FAN, por Douglas Zabala

martes 15/08/2017
10:11 AM
  • Douglas Zabala

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Bolívar, no en balde, inició su epopeya libertaria en ese pequeño cerrito de apenas unos metros sobre el nivel del mar en Roma, conocido como el Monte Sacro. Ya en ese mismo sitio, a mediados del año 494 A.C, los plebeyos se habían declarado en rebelión, negándose a seguir contribuyendo con el gobierno, si no le daban participación en su gestión. Cuentan cómo el nombre de aquella colina a las afueras de la ciudad de Rómulo y Remo, obedeció a que precisamente desde allí, los adivinadores, al grito de cuervos, lechuzas y halcones, aconsejaban a los magistrados romanos en el ejercicio de la función pública.

Hasta allá, al mismísimo Monte Sacro, a la edad de 22 años, fue a dar el joven Simón, acompañado por su maestro Simón Rodríguez, a prestar su juramento por la libertad americana. En su libro El maestro del libertador, el escritor Fabio Lozano y Lozano nos lleva al propio cuento echado mucho tiempo después por Simón Rodríguez: “En Roma nos detuvimos bastante tiempo. Un día, después de haber comido y cuando ya el sol se inclinaba al occidente, emprendimos paseo hacia la parte del Monte Sagrado. Llegados a ella, nos sentamos sobre un trozo de mármol blanco, resto de una columna destrozada por el tiempo”.

Continúa relatando el maestro Simón: “Yo tenía fijos mis ojos sobre la fisonomía del adolescente, porque percibía en ella cierto aire de notable preocupación y concentrado pensamiento. Después de descansar un poco y con la respiración más libre, Bolívar, con cierta solemnidad, que no olvidaré jamás, se puso en pie y como si estuviese solo, miró a todos los puntos del horizonte, y a través de los amarillos rayos del sol poniente, paseó su mirada escrutadora,
fija y brillante, por sobre los puntos principales que alcanzábamos a dominar.

¿Conque este es —dijo— el pueblo de Rómulo y de Numa, de los Gracos y los Horacios, de Augusto y de Nerón, de César y de Bruto, de Tiberio y de Trajano? Aquí todas las grandezas han tenido su tipo y todas las miserias su cuna. Y luego, volviéndose hacia mí, húmedos los ojos, palpitante el pecho, enrojecido el rostro, con una animación febril, me dijo: Juro delante de usted, juro por el Dios de mis padres, juro por ellos; juro por mi honor y juro por la patria, que no daré descanso a mi brazo ni reposo a mi alma, hasta que no haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español”.

Cumpliendo la promesa anunciada esa tarde del 15 de agosto de 1805, Bolívar participa de la revuelta del 19 de abril de 1810, iniciando con ello, el cometido jurado en Roma. Expulsó para siempre a un imperio que, desde la llegada de Cristóbal Colón, mantuvo dominado a este continente. Durante los meses que precedieron a su muerte, El Libertador, se empeñó en evocar sus victorias y derrotas políticas. A cada rato recordaba a su amada, Manuela Sáenz; también lloraba la muerte de Sucre, el fiel lugarteniente asesinado el 4 de junio de 1830 en Berruecos. Recordando y delirando sus avatares, murió solo y defenestrado de los territorios que había liberado, el 17 de diciembre de 1830.

A propósito de este recuento histórico con aquel juramento; también recordemos cómo la memoria y los valores del ejército fundado por nuestro libertador, se encuentran dominados por una caterva de generales corruptos y sanguinarios, quienes junto al gobierno que defienden, muy pronto, serán sometidos a la justicia y pagarán los crímenes cometidos contra este noble pueblo bolivariano.

 

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