Añorando la democracia, por Jorge Sánchez Meleán

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Hace cincuenta y nueve años, en 1958, después del caudillismo del siglo XIX y las dictaduras castrista, gomecista y perezjimenista de la primera parte del siglo XX, en Venezuela nació una democracia, que fue verdadera excepción en la América Latina de ese tiempo. En una primera etapa hasta 1978, el Pacto de Punto Fijo, que inspiró procesos de democratización incluso más allá de nuestras fronteras, fue un instrumento de arquitectura política de avanzada. Así pudimos regularizar el conflicto entre partidos o sectores sociales, se dio amplio respaldo al sistema democrático, se alcanzó una legitimidad política robusta y además, se alcanzaron razonables niveles de bienestar y cohesión social, garantizándose la alternabilidad política. Lamentablemente entre 1979 y 1998 hubo un estancamiento y retrocesos en las instituciones públicas, acompañado de ineficiencia económica y un creciente empobrecimiento, que afectó la credibilidad en la Democracia. La “revolución de las  del siglo XIX y las dictaduras castrista, gomecista y perezjimenista de la primera parte del siglo XX, en Venezuela nació una democracia, que fue verdadera excepción en la América Latina de ese tiempo. En una primera etapa hasta 1978, el Pacto de Punto Fijo, que inspiró procesos de democratización incluso más allá de nuestras fronteras, fue un instrumento de arquitectura política de avanzada. Así pudimos regularizar el conflicto entre partidos o sectores sociales, se dio amplio respaldo al sistema democrático, se alcanzó una legitimidad política robusta y además, se alcanzaron razonables niveles de bienestar y cohesión social, garantizándose la alternabilidad política. Lamentablemente entre 1979 y 1998 hubo un estancamiento y retrocesos en las instituciones públicas, acompañado de ineficiencia económica y un creciente empobrecimiento, que afectó la credibilidad en la Democracia. La “revolución de las expectativas” fue sustituida por la “frustración de las expectativas” y la convulsión social, fenómenos que después del Caracazo de 1989, originaron una crisis política, que al ser mal manejada, hizo posible el ascenso de Hugo Chávez al poder, en diciembre de 1998. En consecuencia, entre 1958 y 1998 tuvimos un sistema político con luces y sombras, pero que permitió conservar la garantía básica de las democracias contemporáneas: tuvimos sucesivas elecciones, son similares oportunidades para las distintas fuerzas políticas, convirtiéndose la alternabilidad política en una realidad evidente. Hoy esta garantía ha desaparecido. Desde hace dieciocho años una misma coalición gubernamental ha permanecido en el poder. Solo Chávez estuvo en el poder catorce años seguidos, violando a su antojo la Constitución. Actualmente varias de las condiciones procedimentales de la democracia se irrespetan, como es el caso del referéndo revocatorio para el Presidente de la República, o el período de gobierno de los gobernadores de estado. Por todo ello, cuando nos acercamos a las dos décadas del “régimen chavista” si partimos de las definiciones clásicas de Democracia, tal como lo afirma J. Magdaleno, “el sistema político venezolano no puede caracterizarse hoy como una democracia, cualquiera que sea el tipo específico que deseemos utilizar (democracia liberal, democracia electoral, democracia mínima, entre otros)” . Y si ello es así, ¿Cómo podríamos caracterizar al régimen chavista de hoy? ¿Es una dictadura militar? ¿Es un régimen totalitario? ¿Es un autoritarismo en vías de consolidación o es un autoritarismo tradicional? A estas preguntas daremos respuestas, pero de principio casi sesenta años después del 23 de enero de 1958 ya no somos una democracia, donde el poder no sea propiedad de nadie, con posibilidades de alternabilidad y revocabilidad. Hoy añoramos a esa democracia que vimos nacer y a su “espíritu” que unió a los venezolanos en busca de mejores destinos.