Maracaibo, Venezuela -

Opinión

Admitir la incompetencia, por Dr. Manuel Ocando

martes 09/02/2016
4:45 AM
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La incompetencia puede ser el producto de una falta de atención o interés en lo que se está haciendo. En muchas oportunidades la falta de un conocimiento básico imposibilita la optimización de un proceso, por eso para impedir casos de incompetencia se buscan personas capaces en lo que se está requiriendo y no personas sin experiencia en lo que se realiza.

Hay quienes admiten que para ser exitoso profesionalmente es necesario que tengamos competencias técnicas, metodológicas, sociales e individuales. Como lo expresa en su libro Gestión de Incompetentes, Gabriel Ginebra filósofo y escritor español, doctor en organización empresarial: “Tenemos en la cabeza una larga lista de cosas que hacen mal nuestros semejantes, pero no nos atrevemos a pensar lo mismo sobre nosotros”.

La competencia puede estar delante de nosotros, pero sobre todo está en nuestro interior. ¿Pero de dónde se saca la sabiduría o dónde está el yacimiento de la inteligencia? El primer paso y más importante de todo el proceso es empezar a reconocer la propia incompetencia, que es la que más cuesta reconocer. Si queremos emprender seriamente el camino del progreso personal no podemos avergonzarnos. Debemos estar conscientes de nuestras limitaciones y potencialidades, puesto que somos más incompetentes de lo que pensamos, pero tenemos más potencial del que creemos. La conducta de los incompetentes es una sala llena de espejos en donde tendemos a ver carencias reflejadas en la gente que está en nuestro alrededor. Sin embargo, nos cuesta asumir las faltas propias. Si reconocemos que somos parte del problema, también formaremos parte de la solución.

El “solo sé que no sé nada” socrático es fundamento de toda sabiduría. San Agustín expresaba “que la perfección del hombre radica en descubrir su propia imperfección”. Cuentan que una mujer fue a visitar con su hijo a Mahatma Ghandi para pedirle que le dirigiera unas palabras porque era adicto a las golosinas, pero el sabio le pidió que regresaran en 15 días. Pasado ese tiempo, madre e hijo volvieron a visitar a Ghandi, quien disuadió al niño para que dejara la adicción. Al terminar, la madre preguntó a Ghandi porque no había querido decir nada antes, a lo que el sabio respondió: “No estaba preparado para dar a vuestro hijo ese consejo. Durante estos 15 días he podido superar mi propia adicción a las golosinas”.

Tomar conciencia de la propia incompetencia es el punto de partida necesario para todo aprendizaje. El orgullo nos hace vulnerables y el reconocimiento nos hace más fuertes. Todos somos incompetentes porque estamos siempre en proceso de aprendizaje. A largo plazo, no triunfan los más brillantes, sino los talentos medios que vencen la incompetencia de manera habitual.

En una época de crisis como la que vivimos, aprender a tratar la incompetencia es una necesidad y una obligación. Las grandes gestas de la humanidad, como la expansión del cristianismo, el envío del hombre a la Luna o el descubrimiento de América, no fueron realizadas por genios, sino por un puñado de incompetentes, con más o menos suerte, más o menos coordinados, y más o menos bien gestionados. En su mayor parte, la humanidad está compuesta de incompetentes y de imbéciles que no se dan cuenta de las consecuencias nefastas de los errores de no admitir su incompetencia, ya lo decía San Agustín: “Inmensa es la multitud de imbéciles”, y Simonides afirmaba: “En efecto, la de los imbéciles es una familia muy numerosa”. En cuanto a quienes se embrutecen deliberadamente, es evidente que son más culpables, pero la sociedad, que detesta a este tipo de personas, ya se encargará de castigarlos.

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