Maracaibo, Venezuela -

Colaboraciones

Relecturas desaparecidas

Silvia Matheus (Ilustración)

lunes 07/05/2018
2:09 PM
  • Elías Sánchez Rubio (Colaborador)

  • @versionfinal

  • Archivo

El lechuza, parte I.

 

Aquel viejo era de una flacura inverosímil.

Su piel rigurosa y amarillenta, se tendía sobre los huesos, como en esos cadáveres momificados, en los que la muerte ha hecho el oficio de embalsamadora; y bajo aquella epidermis, siempre fría y húmeda de un sudor viscoso, se acusaban hasta las menores protuberancias y depresiones del esqueleto.

Nada en aquel hombre parecía vivir. En su boca, desdentada y fofa, que era como una larga cuchillada sobre la barbilla puntiaguda, la voz era lenta y sorda, sin entonaciones ni matices y más que acento humano, parecía el zumbido vago de un insecto. Aquella voz, monótona y quebrada, que de ordinaria solo pronunciaba oscuros monosílabos, tejía interminables conversaciones con los espíritus invisibles, al amparo de los árboles de los parques, o en la oquedad de los callejones solitarios.

Las manos sarmentosas, armadas de curvas y recias uñas, se inmovilizaban durante horas enteras sobre el puño del grueso garrote que le servía de báculo; mientras, los pies descalzos siempre con zapatos demasiados grandes, parecían echar raíces junto a las mesas de juegos, menos mudas e inmóviles, que aquel cliente asiduo y singular.

Hasta las mismas greñas de pelo blanquecino, que acariciaba familiarmente el aire de los ventiladores, eran como puñaladas de lino sucio, como una cosa muerta y sin brillo, en torno a la cabeza monda y deprimida hacia las sienes.
Ni siquiera en los ojos, en aquellos ojos extraños y vidriosos, había un resplandor extraño y de vitalidad, una chispa de luz. Eran suyos, unos ojos fríos y turbios de saurio, velados perpetuamente por estrecha rendija horizontal. Pero, ¡qué mirada tan cruelmente irónica, tan inquietantemente inquisidora, la que salía de aquella angosta grieta, igual que el hierro de una daga, surgiendo súbitamente de la vaina!

Era una mirada que no podía sufrirse sin angustia, y olvidarse fácilmente después que se había sentido penetrar hasta lo más hondo del alma. Los quirópteros, deben de mirar así a sus víctimas aletargadas, buscando el mejor sitio, para aplicar sus trompas asesinas…

¿Quién era ese hombre tenebroso, que causaba escalofriante impresión, con solo su presencia? Nadie lo sabía.
Su nombre, o por mejor decir, su remoquete —el LECHUZA— si era de antiguo familiar en clubes y gazaperas, en todos los antros donde se rendía culto al azar; pero nadie podía vanagloriarse de poseer el más mínimo detalle, acerca de la existencia que llevaba fuera de las puertas de aquella encrucijada del vicio.

¿Dónde habitaba? ¿tenía siquiera algún hogar, como el resto de los hombres? ¿Era oriundo de la ciudad o forastero? Nadie hay que pueda responder esas preguntas.

Familia, amigos íntimos, no se le conocieron más. Y los jugadores más ancianos, afirmaban haberlo visto siempre, hasta donde alcanzaban sus recuerdos, con aquella misma apariencia de cadáver desenterrado, con la misma noble senectud, con idéntica asiduidad a las casas de juego.

¿A qué hora reposaba aquel hombre? ¿Dónde se refugiaba durante el día, cuando el fructuoso movimiento llenaba la ciudad con un ronroneo de colmena?

Solo se veía se le veía con las primeras sombras de la noche, al igual de los animales de presa, llegar a los reservados de los Monte-Carlos ya en faena, y colocarse siempre de pie y siempre silencioso, al lado de la blanca, para seguir durante largas horas, el revoloteo de los naipes y el correr de los dados, sobre los verdes tapetes insonoros.

Había llegado a ser, como un empleado supernumerario de casinos y garitos, de todos los casinos y de todos los garitos, como un mueble imprescindible de todas las salas de juego; y él hacía preciosa su presencia, sirviendo a los jugadores, en infinidad de pequeños y a veces grandes menesteres, a cambio de las monedas que los tercios gananciosos, deslizaban sigilosamente en sus bolsillos.

Él conocía a fondo todos los escondrijos, tretas y lacerías de los distintos establecimientos; y gracias a su ductilidad y discreción, nadie se ocultaba de él, para tramar y llevar al hecho las más asquerosas picardías; El Lechuza era ciego y mudo como una sota, cuando no figuraba como cómplice complaciente en estafa, desvalijamiento, trucos de dados falsos o de carta señalada. Algunas de estas pequeñas infamias, le habían echado el peso de un suicidio, sobre sus hombros hinchados de asmático.

Cuando se le hablaba de estas tragedias, en la máscara de piedra no contraía un solo músculo el remordimiento o el pesar, limitándose a cerrar sombríamente la rendija de sus ojos de acero, en un gesto de abstracción que le era característico.
Luego, salía a pasos tardos, en dirección a otra jugada, fiel a su vieja costumbre de ambular de una banca a otra, hasta que los anuncios del alba lo sorprendían en algún figón de los suburbios, en cuya lúgubre trastienda, terminaba por probar fortuna, con las monedas anteriormente recogidas.

Entonces, ya amaneciendo, desaparecía tan misteriosamente como había aparecido horas antes, sin que pudiese saberse a que ignorado rincón se retiraba, en busca de un refugio. Y ya alma viviente, le volvía a ver hasta la noche próxima, cuando reanudaba su peregrinación acostumbrada, a través de la ciudad en sombras.

Tal existencia inverosímil, la llevó aquel hombre por espacio de años, de lustros; estoy por decir, que durante casi un siglo.
De repente, faltó a sus nocturnas visitas y ya no volvió a vérsele, en ninguno de sus sitios predilectos.

¿Había muerto? ¿Estaba enfermo? Lo inquirí repetidas veces y en todas partes obtuve igual respuesta: «hacía un montón de noches que no portaba por esos contornos».

 

Sobre el autor

Nació en Maracaibo el 23 de agosto de 1881 y murió en la misma ciudad, el 2 de septiembre de 1927. Periodista, escritor (poeta, narrador, dramaturgo, crítico literario, humorista, cronista y conferenciante), escribió su primer cuento en 1895. Formó parte del grupo Ariel, que proclamó su adhesión al modernismo, al lado de Jesús Semprum, Emiliano Hernández, entre otros, siendo colaborador, y director del periódico del mismo nombre, publicando sus primeros cuentos y poemas. En 1921 el Ejecutivo del estado Zulia publicó su novela Irama como homenaje al Centenario de la adhesión de Maracaibo a la causa de la Independencia.

 

 


 

 

El presente artículo pertenece a la sección «Relecturas desaparecidas» de la decimonovena edición de la revista cultural Tinta Libre, publicada el 28 de abril de 2017.

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