Maracaibo, Venezuela -

Colaboraciones

Relecturas desaparecidas (II)

lunes 07/05/2018
2:50 PM
  • Elías Sánchez Rubio (Colaborador)

  • @versionfinal

  • Silvia Matheus (Ilustración)

El lechuza, parte II.

 

Poco a poco dejé de pensar en aquel individuo, que tanto había intrigado mi curiosidad; y ya su recuerdo era girón de niebla en mi memoria, cuando una lóbrega y tediosa madrugada, en una ruin callejuela de los barrios bajos, me topé súbitamente.
Estaba de pie, apoyado contra un muro de ruinas; más decrépito, más sórdido, más flaco que nunca. Sus labios, blandos y caídos, se movían como si dialogase, según su costumbre, con alguien solo visible para él; y sobre sus derrotadas ropas, llenas de cieno, detonaban largas manchas rojas, que eran a modo de extrañas condecoraciones, sobre su pecho descarnado.
Me acerqué a aquel escombro humano y le llamé familiarmente por su apodo: «Lechuza», pero él, tras de lanzarme tras al soslayo, una de sus miradas frías y rápidas, semejantes a puñaladas, volvióme la espalda y echó a andar, casi arrastrándose, entre la oscuridad y la llovizna. Más tarde recordé, que al alejarme, sus pasos no producían rumor alguno, sobre el empedrado de la calle.

«¡Bah!», sonreí, creyendo haber dado con la clave del secreto: «es que El Lechuza, ha cambiado en sus últimos días, el júcaro por el vaso…, de ahí que haya abandonado el Libro de las Cuarentas Hojas, por el mostrador de las tabernas… después de todo, quizás haya ganado en el cambio…» Y proseguí hacia el riñón de la ciudad, obsesionado por el recuerdo del viejo beodo manchado de vino.

Días después, hablando con el propietario de un lejano garito: «sabe Ud. que no hace mucho, me encontré con ‘Lechuza’?», dije incidentalmente.
«¡El lechuza¡», murmuró mi interlocutor, mirándome con ojos desorbitados, y tan pálido como el oro de sus sortijas. «Pero, es que ignora Ud. el escándalo que hubo con el condenado viejo?… Fue necesario, masculló con voz que era un estertor de miedo, fue necesario sacarlo del lugar en que por casualidad se supo que estaba enterrado, y clavarle una estaca bendita en el corazón, para matarlo bien… porque de noche se salía de la tumba y después de pasarle revista a las jugadas, y como Ud. lo vio a menudo, se deslizaba sin que nadie lo viera, si supiera como, en los cuartos de las mujeres dadas a luz, a chuparle la sangre a los recién nacidos… dicen que eso lo había venido haciendo desde que sé yo, cuanto tiempo que tenía de enterrado y que no se acababa de morir, porque se alimentaba con la sangre que chupaba por la noche, volviéndose después a su ataúd… si Ud. lo hubiera visto: cuando lo sacaron para despenarlo, ¡tenía toda la ropa salpicada de sangre!».

Contagiando por el espanto comunicativo de aquel acento y de aquel rostro, osé apenas interrogar, muy por lo bajo, como si te temiera ser escuchado por un oído invisible: ¿cuánto tiempo hace de todo esto? La respuesta vino a confirmar mis presentimientos. «Eso sucedió hace unos ocho o diez meses… el año pasado… a poco de venir Ud. por aquí, la última vez».
Entonces me tocó a mí estremecerme, como si me hubiese rozado el ala tenebrosa del misterio: ¡hacía escasamente una semana, que yo había visto a El Lechuza, esquelético, desfallecido, con las manchas de sangre rojiando, con un trágico vino sobre el pecho! Y ¿ Dios me perdone?, creo que también vi, huellas de rojo acusador sobre los labios gelatinosos y salientes, como acostumbrados a las succiones asesinas.

 


 

El presente artículo pertenece a la sección «Relecturas desaparecidas» de la vigesimoprimera edición de la revista cultural Tinta Libre, publicada el 26 de mayo de 2017.

 

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