Maracaibo, Venezuela -

Colaboraciones

La fiesta del chivo: radiografía de un despotismo y el hombre-nada

lunes 07/05/2018
3:56 PM
  • Pasquale Sofía

  • @versionfinal

  • Andrea Phillips (Ilustración)

No solamente la democracia predica la igualdad entre los seres humanos. Hay otro régimen como el despotismo que no exhorta, sino que practica la igualdad. Según Montesquieu, «en los estados despóticos los hombres todos son iguales, (…), como todos son esclavos». Althusser refiere que en el despotismo los hombres son iguales, «pero no como en la democracia, sino porque no son nada».

El hombre-nada que vive en el despotismo, es el fulcro de la novela de Vargas Llosa La fiesta del chivo (2000), que relata la historia de Rafael Leónidas Trujillo, dictador de la República Dominicana, desde 1930 hasta 1961, año de su asesinato. Todos los que hacían parte de su corte, privilegiados con honores y dinero, terminaban como fantasmas.

Varios personajes que forman el círculo del déspota, por un tiempo gozan el éxtasis del poder y luego el desconcierto de la caída, pasando de hombres-todos a hombres-nada. El poder atrapa hombres y mujeres como en una telaraña, que antes o después vienen devorados por la araña que ha tejido la tela.

Urania, personaje clave de la novela, hija del senador don Agustín Cabral y muy cercano a Trujillo, está obligado a conceder, por las buenas o por las malas, a la cándida jovencita al «Chivo dominante», como némesis histórica por haber disfrutado del poder. A la historia de Urania se suma la del teniente Amado García Guerrero quien, queriendo hacer carrera en el ejército, bajo el chantaje de Trujillo debe renunciar a la mujer amada, por ser hermana de un opositor “comunista”. Además, era un gran riesgo tener una bella esposa en el imperio del Chivo. Todos, ministros y militares, brazos derechos e izquierdos del déspota, «debían resignarse a los cuernos», a la humillación, afirma Vargas Llosa; así legitimaban su sumisión. Así fue el caso de don Juan José Froilán, miembro de la corte de Trujillo. Durante un banquete en un club exclusivo de la isla y ante la presencia de la alta sociedad lugareña, el Generalísimo declaró que había tenido entre sus brazos las más bellas mujeres del país, pero que la más apasionada había sido «¡La mujer de Froilán!», señalándolo entre los comensales. Otra de las «víctimas» del déspota fue el general Juan Tomás Díaz, compañero de campaña militar y admirador de Trujillo, quien habiendo alcanzado el más alto rango, es removido de su cargo e injuriado durante un almuerzo frente a cincuenta civiles y militares convocados en el Palacio Nacional; «El general fue destituido por conducta indigna frente al enemigo», declaró Trujillo. Humillación, vejación, indignación ocupan el sentir de los hombres del séquito del Chivo, todos transformados en hombres-nada.

Varios de estos personajes escarmentados por el déspota, participaron en la conjura de su asesinato. Salvador Estrella Sadhalá, alias el Turco, de profunda fe cristiana, y perturbado antes de tomar la decisión de participar al complot, consultó al obispo, «Voy a matar a Trujillo, monseñor. ¿Habrá perdón para mi alma?». El prelado contestó, «Matar a cualquiera no. Acabar con un tirano, sí». Y continuó, “¿Has oído la palabra tiranicidio? En casos extremos la Iglesia lo permite. Lo escribió santo Tomás de Aquino”, mostrando a Salvador la cita en la Suma Teológica. Y el hombre confía a sus compañeros el carro donde esperaban al Chivo para acabarlo, «si no lo hubiera leído, no estaría aquí esta noche, con ustedes».

Se hacía hincapié sobre la tradición filosófico política del tiranicidio que, desde Tomás de Aquino, pasando por Juan de Mariana hasta Francisco Suárez, aupaba la legitimidad moral de la rebeldía contra un poder opresivo, llegando al regicidio, si fuese necesario; ante un rey que humille, esclavice y que genere hambruna en el pueblo.

Quienes rodeaban a Trujillo, un día hombres con dignidad y honor, luego una noche sólo fantasmas de la propia existencia. «¿Valió la pena? ¿Era la ilusión de estar disfrutando del poder?», preguntaba Urania a su padre.

 


 

El presente artículo pertenece a la sección «Americanología» de la trigésima edición de la revista cultural Tinta Libre, publicada el 29 de septiembre de 2017.

 

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