Maracaibo, Venezuela -

Colaboraciones

El Rangel de John Manuel Silva

Carlos Rangel (Caracas, septiembre 17 de 1929 - enero 15 de 1988). Poseía una rara cualidad en los intelectuales de vanguardia: el interés por la verdad.

lunes 07/05/2018
12:52 PM
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Leer a Carlos Rangel es una experiencia iluminadora; leerlo a los 16 años, como lo hice yo, es entender la vida de una forma completamente diferente. Cuando los latinoamericanos vamos creciendo y formando nuestra conciencia política son pocas las opciones disidentes que tenemos: el pensamiento latinoamericano pareciera estar formado por un cúmulo de pensadores (con Eduardo Galeano a la cabeza), especialistas en victimismo, irresponsabilidad y sentido de inferioridad. Desde muy jóvenes los latinoamericanos recibimos un relato en donde somos colonizados y tiranizados por españoles —«desde hace quinientos años», como reza el lugar común—, para luego ser saqueados por los gringos, nuestros enemigos predilectos, a los que acusamos de todas las desgracias ocurridas en este Continente. Llegar a Carlos Rangel es no solo encontrarse con un pensador radicalmente distinto —uno que sin negar el imperialismo norteamericano y sin minimizar los reales horrores de la conquista, desarrolla una ajustada refutación a la teoría de la dependencia y hace un llamado a hacernos responsables de las desgracias que hemos ocasionado nosotros mismos con nuestra actitud y accionar—, sino además es acceder a una forma diáfana y sencilla de argumentar lo complicado, a un discurso de alto nivel historico y profundo contenido intelectual, que no por ello está concebido para ser comprendido por sectas de iniciados, sino que puede llegarle de forma clara a cualquiera que se anime a enfrentar sus prejuicios leyendo las páginas que escribió. En tal sentido, «Del buen salvaje al buen revolucionario», su obra cumbre y uno de los libros más importantes que se hayan escrito en Venezuela, es una experiencia a la que todo venezolano debería someterse, para sentirse menos solo en este largo camino de búsqueda de la libertad al que la historia nos ha enfrentado recientemente.

 

 

El tema de la soledad en Unamuno

 

La soledad es uno de los grandes temas en la obre de Miguel de Unamuno. Palabra y vivencia van a través de su vida y sus escritos como una lanzadera. Un ensayo, una pieza de teatro y una novela corto suyos se llaman exactamente así: Soledad. Esto no ha pasado inadvertido para los estudiosos de la obra de Unamuno. El bien conocido de los venezolanos (y prematuramente desaparecido) Segundo Serrano Poncela, por ejemplo, observa (en El pensamiento de Unamuno, México, fce, 1953) que Unamuno hace figura de precursor, junto a Kierkegaard y Nietzsche, cuando trata el tema de la soledad y de la relación del hombre con los demás, con el otro. Serrano Poncela señala de paso la relación entre dos cosas que no son idénticas, la soledad y el aislamiento: “Toda comunidad vuelve común —dice Nietzsche— y recomendaba reservarse, preservarse, aislarse como regla de vida. Lo que Nietzsche sentía no era repugnancia por la decepción que provocaba en él la ausencia total del otro, la imposibilidad de legítima comunicación a pesar de todos los esfuerzos”.

En ausencia del otro, esa imposibilidad de comunicarse verdaderamente con los demás es, propiamente, la soledad. Y esa soledad, que es una condición anímica peculiar de ciertos caracteres, tiene (o puede tener), como consecuencia, un ansia de aislamiento, que le está relacionado pero es algo diferente. Esto está claro en Unamuno, quien no se encontraba en sus anchas más que en la cima de una montaña, lejos de los valles poblados y habitados.

Inversamente, es posible fomentar uno en sí mismo la intuición de nuestra soledad esencial, mediante el aislamiento. Unamuno lo sabía, y no era además adverso a jugar con la confusión o entrelazamiento de una cosa con la otra. A veces usa la palabra soledad cuando la palabra aislamiento (o retiro) convendría igualmente o más.

Otro aspecto del tema, indispensable para la correcta lectura de Unamuno, es que para Nietzsche, o para existencialistas ateos como Sartre, el hombre sufre una especie de condena irremisible a la soledad. En cambio para los existencialistas cristianos, como Kierkegaard o Unamuno, “hay también abismos de incomunicación; pero la vida en soledad se compensa por el hecho de que tras ella se encuentra un horizonte eterno de comprensión en Dios y de reconciliación de soledades en la comunidad final” (Serrano Poncela, ibid).

Unamuno vivió el problema con una angustiosa sinceridad. Todos los textos donde lo trata llevan la marca de una genuina agonía, lo que no obsta para que en ésta como en tantas otras cosas baraja diversas posibilidades y puntos de vista, y además la paradoja y la contradicción voluntaria. Respecto al problema de la comunicación con los demás, algunos textos (por ejemplo, el ensayo Soledad) dicen su convicción (o esperanza) de que, a partir de la vivencia y el reconocimiento resuelto de la soledad que está en la raíz de la situación del hombre, cierta comunicación con el otro es posible. Incluso, la comunicación, para no ser trivial, requeriría un previo pleno reconocimiento de la situación de la soledad. En cambio, otros textos (el drama Soledad y los Sonetos del insomnio) expresan desesperanza de poder comunicarse, y hasta solipsismo, duda sobre la sustantividad de quienes “se nos aparecen” y a quienes llamamos los demás.

En el ensayo Soledad encontramos una serie de variaciones sobre el tema que contribuyen a precisarlo. En primer lugar, la soledad (que se confunde aquí con el aislamiento) no es misantropía: “Mi amor a la muchedumbre es lo que me lleva a huir de ella. Al huirla, la voy buscando. No me llames misántropo. Los misántropos buscan la sociedad y el trato con las gentes; las necesitan para nutrir su odio y su desdén hacia ellas. El amor puede vivir de recuerdos y de esperanzas; el odio necesita realidades diferentes. Déjame, pues, que huya de la sociedad y me refugie en el sosiego del campo, buscando en medio de él y dentro de mi alma la compañía de las gentes”.

 

 

Rangel estudia, en el pasado y el presente, los factores de formación y deformación de la civilización latinoamericana: su sensibilidad, su neurosis, su espiritualidad, sus formas de poder, sus mentiras, sus pasiones y sus grandezas. Se sabe que defender la democracia es una tarea difícil en América Latina, y aun cuando los hechos le den la razón, no se ha librado de ataques, a veces bajos… Como hombre de la comunicación, seguía la gran regla moral sin la cual las comunicaciones no tienen sentido: no escribir nunca nada más que lo que se cree verdadero, menospreciar el oportunismo intelectual, más nefasto aún que el oportunismo político (*)

 

 

Lo crucial de la soledad (cuya realización puede ser fomentada deliberadamente por el aislamiento, como han sabido todos los anacoretas) es que nos lava los ojos de la aparencialidad que, en sociedad, nos rodea a todas horas como una niebla y no nos permite vernos a nosotros mismos: “Solo en la soledad nos encontramos” (Ibid). Y mientras no nos encontramos a nosotros mismos, mal podremos comunicarnos con los demás, mal podremos compadecer; habremos alternado, pero no comulgado. La sociedad nos separa de los demás, y la soledad nos acerca a ellos, quienes también están solos, aunque la mayoría no se dé cuenta: “Al encontrarnos, encontramos en nosotros a todos nuestros hermanos en soledad. Créeme que la soledad nos une tanto cuanto la sociedad nos separa. Y si nos sabemos querernos, es porque no sabemos estar solos” (Ibid).

Mucho más importante todavía, infinitamente más importante es que sólo desde la profundidad de una auténtica soledad podemos entablar conversación con Dios, el otro por excelencia, tal vez el único otro. Sólo entonces nos encontramos con que hemos alzado hacia Él nuestra vista, fija de ordinario en la agitación del mundo, y nuestra voz, en forma de confesión, que es, según Unamuno, la mejor plegaria: “Sólo en la soledad, rota por ella la espesa costra de pudor que nos separa a los unos de los otros y a Dios de todos, no tenemos secretos para Dios; sólo en la soledad alzamos nuestro corazón al Corazón del Universo; sólo en la soledad brota de nuestra alma el himno redentor de la confesión suprema” (Ibid.)

La soledad es, pues, el momento de la verdad, cuando caen las máscaras y desaparecen los decorados, y nos hallamos a solas con nosotros mismos y frente a Dios, quien es la única verdadera compañía, puesto que la de los hombres viene a ser una soledad inferior, desoladora: “Se busca la sociedad nada más que para huirse cada cual de sí mismo, y así, huyendo cada uno de sí, no se juntan y conversan sino sombras vanas, miserables espectros de hombres. Los hombres no conversan entre sí sino en sus desmayos, vaciándose de sí mismos, y de aquí que nunca estén más de veras solos que cuando están reunidos, ni nunca se encuentran más en compañía que cuando se separan” (Ibid.)

Es prestando oídos a nuestro ser esencial como podemos escuchar la voz de todos los hombres: “Como no puedo oír la verdad a un hombre cuando habla con otro hombre, ni se la puedo oír cuando me habla, voy a la soledad, me refugio en ella y allí, a solas, prestando oídos a mi corazón, oigo decir la verdad a todos” (Ibid). Por eso el mayor escritor es el auténtico poeta, quien se escucha a sola y transcribe lo que ha descubierto de sí mismo: “Lo más grande que hay entre los hombres es un poeta lírico, es decir, un verdadero poeta. Un poeta es un hombre que no guarda en su corazón secretos para Dios y que, al cantar sus cuitas, sus temores, sus esperanzas y sus recuerdos, les moda y limpia toda mentira. Sus cantos son sus cantos, son los míos… Los grandes consoladores de la humanidad, los que nos dan el bálsamo de las dulzuras inagotables, son los grandes solitarios, son los que se retiran al desierto a oír levantarse en sus corazones el plañido desgarrador de los pobres rebaños humanos perdidos, sin pastor ni perro, en los desolados yermos de la vida” (Ibid.)

 

(*)Del prólogo de Jean-François Revel para Marx y los socialismos reales y otros ensayos, 1988, Monte Ávila Editores

 

 


 

 

El  presente artículo pertenece a la sección  «Autores ya desaparecidos» de la decimoséptima edición de la revista cultural Tinta Libre, publicada el 17 de marzo de 2017.

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