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Colaboraciones

El Matadero. Un relato de caudillaje y ferocidad latinoamericana

lunes 07/05/2018
3:05 PM
  • Pasquale Sofía

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Cuando Juan María Gutiérrez sacó del olvido la obra El Matadero, de Esteban Echeverría (escrita en 1838), para publicarla en 1874, no imaginaba estar ante una de las más visionarias novelas del continente. El relato se desarrolla durante la dictadura de Juan Manuel de Rosas, caudillo federal que gobernó la Confederación Argentina (1829-32 y 1835-52) utilizando el violento cuerpo paramilitar de La Mazorca para sembrar terror en los opositores.

Desde la independencia hasta la actualidad, América Latina ha continuado siendo un campo de batalla. La guerra ha cerrado un ciclo exterior para abrir otro intestino interminable. El Matadero es el relato de la división política entre unitarios y federales en la Argentina posindependencia. Los unitarios estaban integrados por las élites ciudadanas, mientras que los federales tenían sus seguidores en el área rural. El texto es una narración-tragedia, emblema de la situación político social de América Latina de ayer y de hoy.

La narrativa está centrada en la escasez de carne en Buenos Aires en 183 —en período de cuaresma—, considerada por los médicos como el alimento principal de la dieta de los bonaerenses. La causa de este hecho fue una copiosa y persistente lluvia, que inundó caminos, terraplenes, arboledas, caseríos, y formó un lago por todas las tierras bajas, impidiendo al ganado el acceso a los corrales de mataderos de la ciudad. La lluvia sería, según los curas federales, el castigo divino contra los sacrílegos unitarios, culpables de haber traído a la tierra las plagas de Dios. «¡Ay de vosotros, unitarios impíos, que os mofáis de la iglesia, de los santos!», tronaban los religiosos haciendo crujir el púlpito a puñetazos. Hasta las mujeres que salían de las iglesias durante ese período de lluvia, murmuraban palabras contra los unitarios maldecidos por el Señor.
Todo, en términos de comunicación, era aprovechado por los federales para responsabilizar a los unitarios de cualquier problema surgido en la sociedad. A la manera del principio goebbeliano de la transposición.

Los largos días de lluvia continua acentúan la hambruna de carne, creciendo la demanda de consumirla, lo cual genera una feroz competencia entre los ciudadanos; los sacerdotes, por su parte, prohibían cualquier consumo de carne animal en esos días de penitencia, resultando una lucha entre estómago y conciencia.

La represión del gobierno federal frente a la calamidad fue feroz, imaginando que pudiese ser una ocasión para los «salvajes unitarios» para instigar al pueblo a levantarse. Sin embargo, para evitar motines, el gobierno promulgó un «decreto tranquilizador» para que se trajese ganado a los corrales de la ciudad. Las cantidades de novillos traídos al matadero del Alto no eran suficientes para alimentar a la población.

La llegada de los bovinos fue un gran aliento también para las ratas, habituales habitantes del matadero, que la lluvia y la falta de desechos había desalojado del hogar; así como los mastines esperaban fuera de la carnicería su botín. De esto se le agradecía a los federales.

Corriéndose la voz de la llegada de los toros para ser sacrificados, dentro y al exterior del matadero, el ambiente era dantesco. Todo tipo de gente y de raza contendía por un sebo o una tripa y carniceros «con el cuchillo en mano, brazo y pecho desnudo, cabello largo y revuelto, camisa y chiripá y rostro embadurnado de sangre», asemejaban a La Mazorca.
Al decir de Echeverría, la chusma federal, mientras descuartizaba, como hiena, al último toro, identificó a un presunto joven unitario que pasaba en frente: «Allí viene un unitario», gritó un carnicero. Capturado y golpeado cruelmente, torturado y humillado, el joven brotó un torrente de sangre. «Los federales habían dado fin a una de sus innumerables proezas», concluye Echeverría. El matadero simboliza la Argentina y los carniceros, y el terror de su oficio representa la represión mazorquiana del régimen de Rosas.

 


 

El presente artículo pertenece a la sección «Americanología» de la vigesimoquinta edición de la revista cultural Tinta Libre, publicada el 01 de agosto de 2017.

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