Maracaibo, Venezuela -

Ciudad

Niños dejan la escuela para ir a trabajar

jueves 27/10/2016
2:25 AM
  • Jimmy Chacín / Foto: Karla Torres

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El único morral que llevan a cuestas es la carga de su familia. Aquellos que son los primeros vástagos les toca más peso. Cambiaron el camino de ir a la escuela por el camino del trabajo, dejando fenecer su crecimiento, sus sueños.

En los sectores más escondidos y de escasos recursos de Maracaibo hay al menos un niño que no está yendo a la escuela.

No voy porque no tengo zapatos y mi mamá dice que no hay dinero para comprarlos”, dice Jaime, un niño que pasa sus mejores momentos en el Relleno Sanitario de la Ciénaga, vía a La Concepción. Él en forma de chiste mueve sus dedos para dejar en evidencia que lo que está usando son medias. Pedazos de telas que están recubiertos de líquidos lixiviados (consecuencia de la degradación de materia orgánica con el agua). Con tan solo nueve años sus sueños no van más allá de recolectar plástico y cartón para poder subsistir.

Jaime vive con su madre y tres hermanos, él es el mayor. A su lado lo acompañan otros cuatro menores de edad y un burro de carga. Entre ellos se juegan como si estuvieran en el paraíso, cuando en realidad es un submundo el que los está enseñando a crecer. No hay libros, solo basura. No hay cuadernos, más allá de los manchados y desechados por aquellos que sí tienen oportunidades. No hay caminos hacia la academia, hay competencias de recolección de latas y vidrios para tener llenos los bolsillos con el solo propósito de poder comer.

El 21 de junio del presente año Servicio Autónomo de Rellenos Sanitarios del Estado Zulia (Sarez) hizo un operativo para rescatar a los menores que laboran en el lugar pero la visita de los pequeños y adolescentes es reinsidente, ellos lo que buscan es trabajar.

Oswaldo Márquez, representante de la Asociación de Plataneros del Estado Zulia (Asovenplat) hablaba el martes de la reinsidencia de la prostitución infantil y la venta informal en Los Plataneros. “No es suficiente con los operativos que hacen porque siguen llegando las niñas a prostituirse”.

En los semáforos también están. Muchas veces con sus familias. Allí el sol les tiene el rostro quemado, la sonrisa opaca y el ánimo desgarrado por el maltrato del asfalto, del pitazo de los carros y el desprecio del común.

Soraya Valbuena, representante del Instituto Autónomo Consejo Nacional de Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes (Idena) en el estado Zulia, manifestó hace algunas semanas que continúan con los operativos. Hasta septiembre iban 90 niños rescatados en el Terminal de Pasajeros de Maracaibo. “Hemos llegado también hasta los mercados municipales. En uno de ellos vimos como una pareja de ancianos ponían a pedir a algunos niños”.

El miércoles, el equipo reporteril de este rotativo vio a un adolescente de unos 13 de años expendiendo golosinas en el semáforo de Circunvalación 2 con Amparo. “Él lo hace para sus estudios”, fue la sentencia emitida por una mujer que se identificó como la tía del menor quien estaba a escasos metros del lugar vigilando la actividad.

Choque emocional

Durante recorridos por las escuelas de la ciudad de Maracaibo se pudo constatar que el ausentismo cada vez es mayor. Padres alegan que no tienen pasajes o comida para llevar a sus hijos a escuchar clases. En Las Trinitarias, vía a Los Buscares, Ana Cardozo narró su historia respecto a la decadencia que vive. Es epiléptica y no puede trabajar. Tampoco puede costear los gastos que le genera enviar a su hija María Alejandra, de 13 años, y a otro menor, de 9, a la institución. Duilia Andrade, quien es psicóloga del Instituto Zuliano de Audición y Lenguaje (IZAL), comenta que la matrícula en el plantel ha bajado 50%.

Teníamos una matrícula hace cuatro años de 80 alumnos, ahora tenemos 36. Los padres dicen que prefieren ir a hacer la cola para comprar alimentos que llevarlos al instituto”.

Dice que esto en cualquiera de los casos genera un estado de rebeldía en el menor porque no puede hacer lo que realmente necesita. “Asume que le están quitando parte de su infancia”.

En el seguimiento que les ha hecho a los desertores se ha podido percatar que los adolescentes están limpiando carros o en el peor de los casos están en la calle.

Andrade explica que a los afectados les está cortando el tiempo de juego enfrentándolos con una realidad que implica trabajar para comer o trabajar para sobrevivir “y eso a la larga te puede volver una persona amargada, que se vuelva rebelde, tener algún tipo de reacción agresiva ante las cosas naturales” con una alta vulnerabilidad o predisposición a caer en la delincuencia por la forma en que están viviendo momentos adelantados, en cuanto a la edad de ellos se re ere.

Comenta que al igual que Jaime y María Alejandra hay un joven de 13 años en el IZAL que falta a la escuela porque trabaja vendiendo verduras y como empacador.

La rebeldía cada vez es mayor. Quiere, como todo niño ir a la escuela a cumplir sus metas y compartir con sus amigos, aunque su mamá le dice: “si no trabaja, no come”.

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