Maracaibo, Venezuela -

Ciudad

Los pies descalzos de la pobreza

martes 04/04/2017
3:41 AM
  • Isabel Cristina Morán

  • @versionfinal

  • Archivo

Los burros sonríen cuando ven a los niños. Martina lo sabe porque cuando el señor que recoge la basura pasa, corre descalza a saludar al animal que sirve como transporte.

Al oeste de Maracaibo, se agrupa la mayor parte de las invasiones y en todo el país se con gura la práctica de habitar terrenos sin utilidad como la solución más inmediata al problema habitacional.

La precariedad y falta de servicios públicos los arropa. No hay alumbrado público, tampoco servicio de agua o gas, menos rutas de aseo urbano para despejar las vías de tantos desechos.

Por eso, Martina saluda al burro todos los jueves.

La niña de cinco años vive con su madre, abuelos y dos tíos en la ranchería Santa Ana, en la parroquia Antonio Borjas Romero. Frente a la realidad de tener que vivir en un terreno que su familia encontró por azar, su capacidad de proyección como ser humano se ve limitada.

Es así como se vive dentro de una invasión. Eso asegura Catalina Labarca, socióloga y psicóloga.

Cuentan que antes daba gusto sentarse en la orilla de la Laguna de Las Peonías a contemplar.

Hace 70 años, cuando don Rafael Villalobos llegó a instalarse en la parroquia Idelfonso Vázquez, se iba de paseo en lancha con una que otra chica y asaban pescados que pescaban allí mismo, en la orilla. Ahora, el único pez que ve está pintado en los cuadernos de sus nietos.

—La laguna recibe todas las aguas fecales de las parroquias del oeste. Y todas esas aguas van a parar al norte del Lago de Maracaibo—, lamenta.

Lo que rodea su casa es pura arena y agua. Al llover, quedan atrapados en su misma tierra. Nadie, que él sepa, ha ido al barrio a evaluar las condiciones de vida de los habitantes de ese lugar que comenzó de manera ilegal.

Aunque la Coordinación Regional del Instituto Nacional de la Vivienda en Zulia afirma que solo hay 290 terrenos ocupados —entregados en proyecto—, el crecimiento desproporcional de la población y la falta de respuesta en materia de hábitat obliga al ciudadano a invadir. 

Víctor Padrón, coordinador de este ente, arguye que este fenómeno disminuyó gracias a la Misión Vivienda Venezuela, que hasta junio pasado había superado las 50.000 casas construidas.

Pero recorrer la ciudad es deconstruir el discurso oficial.

Victimización de la pobreza

A Neiribis Inciarte, una morena de 23 años, no le molesta caminar descalza entre piedras, pequeños torrentes de aguas mezcladas con heces y, probablemente, vidrios. No es que lo haya dicho: la facilidad con la que se desenvuelven sus pies habla por sí sola.

Ella habita en el barrio Curarire, sector Las Tuberías, al norte de Maracaibo.

Esto era una invasión cuando llegué… y seguimos sin nada: agua, gas, aseo, luz y ahora se suma el hambre.

Su casa se esconde tras una cantidad considerable de maleza y dentro de un caño. Es necesario esforzar la vista para ver las rajaduras de las paredes y las tablas que su esposo dispuso para que no se maltraten tanto los pies.

No está conforme con su vida, pero agradece que el trabajo de vigilante de su esposo le da para comer. —Mal comer…

La vida en estos espacios repletos de inmundicia es dura, salva la sociólogo y psicólogo Catalina Labarca. El “invadir” para “resolver” el futuro inmediato influye en la concepción de mundo y en la perspectiva que se desarrollará en la vida adulta.

Es una forma de comprender la realidad como una amenaza, amenaza en la que se vive solo en función de satisfacer las necesidades básicas—, explica.

Martina va a la escuela a veces. A su mamá no le agrada que asista a clases sin merienda o con los útiles incompletos. Siente que la excluyen, que se burlan. Sentada en un tronco o caminando sin zapatos por el patio, la mujer pasa el día lavando ropa de otras familias para poder sustentar a Martina y a sus papás.

Aquí no viene nadie a ayudarnos, estamos abandonados por los gobiernos—, no duda en exclamar.

Para Catalina Labarca, ese es otro problema, pues su mundo se restringe en un yo lucho para mí y por mí y los otros tienen que ayudarme.

—Los otros se convierten en un medio para ayudarnos a conseguir comida, para ayudarnos a criar a nuestros hijos, para que nos saquen de la miseria (…) El otro sería entonces alguien a quien usar y no alguien a quien querer—, argumenta.

Aquí caen las relaciones afectivas profundas.

Esta población se con gura, según Labarca, como víctimas sociales y se ubican en rango de indefensión, por creer que no pueden conseguir nada por sus propios medios.

La escuela para Martina es aquel árbol frondoso debajo del cual se cobijan los pupitres. En su imaginario eso es educación. Cuando va al encuentro con su maestra y sus compañeros, siempre ríe. Ríe descalza. Esa sonrisa es la esperanza: se erige como arma para plantearse un futuro distinto.

LEA ADEMÁS
Loading...
COMENTE