Desnutrición mata a enfermos mentales de La Sierrita

Trabajadores del Instituto de Resocialización Psiquiátrica Dr. Guillermo Páez Morales, conocido como “La Sierrita”, ubicado en el kilómetro 32, en la vía que conduce a Fuerte Mara informaron que 20 personas han muerto en lo que va de año por diferentes problemas de alimentación. La diarrea y la desnutrición severa han descompensado a los pacientes recluidos en este centro de reposo.

A las 8:30 de la mañana del sábado falleció Maira Silva, de 30 años. En una de las oficinas se comentaba que un cuadro de desnutrición severa terminó con su vida. Para la mañana de ayer su cuerpo permanecía en el psiquiátrico. Al igual que Maira, la mayor parte de los 171 pacientes lucen delgados.

“Gracias a Dios comen todos los días, poquito, pero no les falta el bocado las tres veces al día, aunque claro, que no se les sirve la cantidad de antes cuando la comida estaba barata y hasta jugaban con ella. Se les da lo que consiguen los administradores, quienes se preocupan mucho por esta situación”, expresa un empleado que prefirió no ser identificado.

De almuerzo, el menú es pollo, granos, entre otros alimentos que puedan adquirirse. “Los encargados van hasta la Alcaldía de Mara y hasta a la Intendencia y se encargan de hacer solicitudes para comprar los alimentos para los internos”, añade el trabajador.

José Semprún nombre utilizado para resguardar la identidad del paciente lleva más de 13 años recluido en “La Sierrita” por trastorno de esquizofrenia. Su hermana, Olga Semprún, viaja más de una hora, una vez por semana, para visitarlo. Lleva tres envases llenos de comida. Le preocupa el aspecto de su pariente. Expresa que José padece, además, de tuberculosis y desnutrición grave.

“Adelgazó desde el año pasado. Tengo fotos que muestran cómo ingresó, cómo estaba hace unos meses y cómo está ahora. Aparte de eso me preocupa que me dijera que el agua es fría. En febrero le hicimos placas y supimos que tenía tuberculosis; así no pueden bañarlo”, comentó.

El esposo de Olga agrega que ha visto que su cuñado desayuna fororo diluido en grandes cantidades de agua. “Esa preparación se ve blanca, como clara y con más agua que alimento. Otras de las comidas son bollitos sin más nada”, expresa.

Al ingresar a la institución la contextura de los pacientes habla por sí sola. En el amplio espacio con portón de ciclón, donde las personas se esparcen, una mujer estaba sentada en el piso lleno de huecos de la cancha de básquetbol, ubicada en el área central. Ella estaba en posición fetal. En sus brazos y piernas cubiertos por algunas llagas se pronunciaban algunos huesos. Hablaba como discutiendo consigo misma, a la vez que sobaba su cabeza, pues a la altura de su cuello había una gasa.

Algunos pacientes se caen muy seguido. Debe ser porque tienen pocas fuerzas. Mi hijo está más delgado; pero no lo llevo a mi casa porque está muy difícil la situación económica para mantenerlo mejor”, lamenta Sonia Delgado, nombre ficticio para la protección de su vástago. “Da hambre, sí”, decía el joven mientras su madre relataba su historia.

Posible contagio

En el lugar hay aproximadamente cinco salones. En cada uno duermen hasta 30 pacientes. Aunque les cambian las sábanas una vez a la semana, el hecho de permanecer tantas horas al día juntos incrementa las posibilidades de contagio por tuberculosis.

Las enfermeras no tienen cómo protegerse más que con tapabocas. “Estamos ahí pendientes y pidiéndole a Dios. Hasta ahora los trabajadores no se han contaminado”, comenta una empleada sin dar su nombre.

El calvario por medicinas

La señora Sonia señala que trabaja con la costura para cubrir los medicamentos y los útiles de aseo personal de su hijo. “Tengo que comprarle Ridal, que es un tranquilizante; Diazepan, para que pueda dormir, y Ampicilina. En todo eso se gastan 14 mil bolívares y alcanza para 15 días. No me confío de que aquí le den lo que necesita”, señala.

En contraste, empleados aseguran que “no ha pasado una noche” en la que los pacientes no tomen su medicamento; el cual, según indican, es otorgado por La Sanidad.

Vecinos del sector aseguran que han visto a los pacientes salir del centro de salud mental e incluso realizar trabajos de limpieza a cambio de algunos bolívares. Piden que la Gobernación del Zulia se encargue de constatar el estado del lugar para mejorar la calidad de vida de los afectados.

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